Infancia es destino

    Por Jesús R. Cedillo

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    Las vacaciones de verano aprietan en el calendario. Y cada vez que es temporada vacacional, viene a mi mente aquella respuesta que me dio el periodista Jesús Carranza cuando en algún año pretérito, al cuestionarle de su próximo lugar de paseo, éste me espetó a rajatabla: “Mira maestro Cedillo, si no tengo dinero para quedarme, ¡menos para salir!” con lo cual soltó su risotada de sus mejores días. Yo al igual que el hermano Carranza, como no tengo pesos para salir, aquí sigo escribiendo y leyendo y tampoco tengo suficientes pesos para quedarme y comprar todos los buenos libros que hay disponibles en el mercado. Los buenos libros usted lo sabe, no están gratis en Internet. Y como las bibliotecas en este país llamado México tampoco son muy eficientes que digamos y bien dotadas, pues hay que invertirle, invertirle hartos pesos a la formación profesional de uno como lector.

    Y llegamos al punto de hoy: la formación, la lectura, el leer en tiempos de verano. El axioma dice a la letra: infancia es destino. Los psicólogos –está comprobado– hablan de que los primeros años de vida de un niño son los que marcarán por siempre el resto de su vida. Aquello que perciben, lo que los rodea, sus experiencias cotidianas son la semilla que habrá de florecer en su etapa de juventud y ya luego en su etapa de madurez. Un filósofo español, José Ortega y Gasset, ha dejado por escrito de manera económica y certera lo siguiente: “el hombre es él y sus circunstancias.”

    El sabio español tiene razón: no podemos escindir al hombre de la vida privada con el hombre de la vida laboral. Una es consecuencia de la otra, estamos determinados entonces por el entorno que nos rodea el cual influye definitivamente y para siempre en nuestro incierto futuro. El futuro, claro está, no existe, pero se construye día tras día. Entonces no es gratuito y sí demostrable que el aspecto sociocultural influye poderosamente en el desarrollo del niño y su potencial vida de adulto. En sus memorias “Confieso que he vivido”, el escritor chileno Pablo Neruda –el cual llegó a lograr el máximo galardón de las letras universales, el Premio Nobel– cuenta sobre su infancia: “Fui creciendo. Me comenzaron a interesar los libros. En las hazañas de Buffalo Bill, en los viajes de Salgari, se fue extendiendo mi espíritu por las regiones del sueño. Los primeros amores, los purísimos, se desarrollaban en cartas enviadas a Blanca Wilson…” Hago hincapié en una frase: “se fue extendiendo mi espíritu por las regiones del sueño”, la manera poética en lo que lo dice hace palidecer a una mente sensible. Es decir, la lectura vino a posibilitar al infante el habitar un mundo mejor que éste, un mundo que lo llevaría a ganar el Premio Nobel. Por cierto, Neruda es uno de los autores favoritos del abogado especialista en derecho electoral y catedrático en la Facultad de Jurisprudencia, Gerardo Blanco Guerra.

    La lectura entonces posibilita el despertar de una conciencia dormida que vamos adquiriendo, una conciencia que poco a poco va ganando en formación y en vida cotidiana. Veámoslo a vuela pluma: los famosos valores no son hereditarios, no los traemos consigo, los adquirimos con el paso de los días, de las lecturas y de nuestro entorno sociocultural. De aquí entonces que es de primer orden que la formación cultural que adquirimos en edad temprana se va a manifestar siempre. Con respecto a las lecturas obligatorias, los libros de texto en las diferentes etapas de formación, Felipe Garrido dice: “Casi siempre los libros de texto se leen sólo por obligación, y por lo mismo se leen mal, sin comprenderlos bien, sin que cumplan con su función más importante, que sería abrir nuevos horizontes. Por eso la mayoría de los estudiantes, aunque pasen muchos años en la escuela y consulten o lean muchos libros de texto, finalmente no se convierten en lectores auténticos.”

    Garrido tiene razón, el ambiente familiar (la cultura que nos rodea) no es muchas veces el más propicio para aprender ciertas cosas como lo es la lectura. El niño aprende por imitación en los primeros años de vida, de aquí entonces que si “ve” que sus padres leen y tienen libros diariamente en la mano, invariablemente terminarán por “acostumbrarse” a ellos, a palparlos, a  leerlos. El escritor ruso Máximo Gorki guarda en su memoria el recuerdo de abuelas y tías que contaban historias y versos que terminaron por convertirlo a él en escritor: “Era imposible no creer en la abuela: hablaba con tanta sencillez, de un modo tan convincente. Pero lo que mejor recitaba eran las leyendas en verso sobre los sufrimientos de la Virgen en la tierra, de cómo exhortaban a Engalichieva que eran bandolera, a que no robara ni matase a los rusos; las poesías sobre el bienaventurado Alexéi e Iván el Guerrero; los cuentos acerca de la discreta Vasilisa, el Pope-Macho Cabrío y el ahijado de Dios, los espantosos relatos verídicos sobre Marta la Alcaldesa, la Baba Ustia, capitana de bandidos…”

    Luego de este corto relato, es fácil adivinar que el niño Máximo Gorki se aficionaría a los relatos, a la literatura y con esto, posteriormente se convertiría en escritor. Comprobamos entonces que infancia es destino y que el ambiente sociocultural influirá en el futuro del niño. Otro Nobel, Gabriel García Márquez en sus memorias “Vivir para contarla”, lo dejó escrito así. “El vicio de leer lo que me cayera en las manos ocupaba mi tiempo libre y casi todo el de las clases. Podía recitar poemas completos del repertorio popular que entonces eran de uso corriente en Colombia, y los más hermosos del Siglo de Oro y el romanticismo españoles, muchos de ellos aprendidos en los mismos textos del colegio.”

    Coda

    Infancia es destino, de aquí entonces que las redes sociales y los celulares “inteligentes” son las madres educadoras de esos llamados “Milenialls”, los cuales navegan hacia una ignorancia de espanto, de miedo.

     

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