Semana Santa en Tarso

    Por Jesús R. Cedillo

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    Haz llegado Jazmín, en abril, cuando el sueño de la primavera empieza a devorar los cuerpos de adolescentes flemáticos y aburridos; haz llegado cuando la mar se aleja y el desierto es la estación del dolor. Aquí, las posibilidades de la noche son infinitas: el follaje en el cristal, la fronda sosegada en el patio, el gemido de placer en la ventana, el aullido del lobo. Mientras el silbato del buque arponero levanta anclas para la pesca, en tierra, una mujer se suelta la cabellera magenta; acostumbrada al calor que sube y acaricia sus piernas, sabe de la música y del susurro, de las cuerdas del violonchelo y de las notas del viento. Sabe del odio y del rencor, de la mar embravecida y de la distancia que separa a los amantes que escriben su historia en la arena de Tarso.

    (La mar arrastra botellas vacías, vestigios de naufragios centenarios y peces, miles de peces muertos de asfixia. Lo anterior se le atribuye al cambio climático. ¡Mentira podrida! Los peces, los grandes peces, como el que se tragó a Jonás y luego a Pinocho, han muerto pro la nostalgia acumulada en sus escamosos cuerpos, la tristeza y nostalgia de viejos tiempos). Haz llegado a Tarso, Jazmín, donde el centro es una hoguera ardiendo por tus vestiduras.

    Mientras la historia familiar se teje a dentelladas en la hoja blanca, Jazmín se levanta la falda y muestra al escorpión sus muslos llegados de lejanas tierras.

    (Tarso era entonces un puerto de aires malsanos, frutos podridos y el calor de las calles ardiendo en los vestidos de adolescentes pecadoras. Tarso era entonces la penumbra acalorada donde los marineros daban rienda suelta al demonio de la carne. Constantino Cavafis, el poeta, lo puedo afirmar. Todo, mientras seducía a efebos y varones filiformes en su posada del dolor. Atado al potro del sexo e intercambio de fajos de billetes por caricias, su obra prodigiosa es un canto del erotismo y el amor eternos.)

    Aquí las botellas de ron son bestias en celo. Aquí las calles son cicatrices, huellas de batallas donde se enfrentan las hordas de pájaros enloquecidos. El nicho en la Iglesia, la fuente en el parque, el asiento vacío en la taberna, el almuerzo del jubilado: si alguien quiere llenar estos espacios, ahora es el momento. Las posibilidades del triunfo son nulas: mientras las matronas tejen los hilos de la red para la pesca, los campos apelan al sudor y al desvelo, al sueño lúbrico y la presencia del amante. Salvo el gesto de la noche, no hay por qué correr atrás del enemigo o del recaudador de rentas. Ellos siempre te van a alcanzar, siempre. A estas alturas de la vida, mejor empinar la botella de ron, que el remedio casero para el estómago. De noche, sin esperanza de ver algún galeón inglés, frente a la luz mortecina del quinqué, Jazmín afila sus manos y acomoda su falda en su sitio. La señal ha sido dada: el mazo de naipes es dejado sobre la mesa y tras el naufragio del azar, el rastro de fuego es uno en las manos de la Pitonisa: amanece.

    Lo escribo en orden: Tarso era entonces una hoguera de zarzas y espino ardiendo, altas mozas luciendo pedrería de Cartago, telas de Damasco y sandalias ajustadas al viento que perezoso, acariciaba los muslos y pezones de muchachas en flor. Dócil al soplo de la sombra, muchas veces juré no tomar en mis manos nuevamente el mazo de naipes ni la amistad del Príncipe; juré tres veces por el sentido primigenio del alfabeto para no caer en los salones de juego (he sido timado infinidad de veces y regreso por una revancha la cual jamás, jamás llega) y en los fumaderos de opio. (Débil ante la jarra de vino y el olor a pan de ajo, la conversación en los palacios fluía de la aritmética a la contemplación de la rosa, de las jaulas de pájaros silbantes al ritmo embravecido de la mar en calma.)

    Tarso era entonces el puerto del calor insoportable y de las cafeterías de mala muerte; Tarso era entonces la húmeda resolana del hombre insatisfecho acodado en la taberna. Todo lo que tengo está aquí, a poca distancia de la muerte, a poca distancia del vaso de vino y de los juegos de azar. Todo los tengo, mis pertenencias todas están aquí, en el lado izquierdo de mi pecho, donde habita el olvido y la raíz amarga del amor. El lado “moridor” de los humanos, dijo José Revueltas. En esta incipiente primavera, el calor ha sido inusualmente fuerte y húmedo. Las ropas pegadas al cuerpo por el sudor, obligan a maldecir voz en cuello y también en silencio. Esta primavera y verano, está pronosticado, va hacer tanto calor en Tarso como en un verso del tabasqueño Carlos Pellicer: “Yo quiero arder mis pies en los braseros/ de la angustia más sola,/ para salir desnudo hacia el poema…”

    Jazmín no teme a la soledad, teme la indiferencia de los hombres, sólo eso. Pintados los párpados de color aceituna, el minivestido que Jazmín luce tatuado al cuerpo, deja admirar los muslos rotundos, los pezones erectos al tacto y al lamento y, donde la espalda pierde el nombre decente, Jazmín deja adivinar –con un guiño de coquetería que enciende el fuego de Tarso entero– unas nalgas de llama que amenazan con calcinar a la ciudad entera. Mar adentro supe de mi destino y de la huella sobre las aguas. Atado al mástil de mi nave, en el desierto ardiente, cuando llegaste a Tarso, Jazmín, supe que te quería, y que la bailarina en la caja de cristal era sólo el preludio de la tormenta, el pasaporte al exilio, el fondo de la noria, el vaho de la bestia, la tea en llamas de tu amor.

    Hoy sé que esta Semana Santa es una estación ardiendo en el diminuto vestido de Jazmín…

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