(In) Comunicación

    Por Julián Parra Ibarra

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    Hasta hace por lo menos un cuarto de siglo atrás, las instancias gubernamentales de los tres niveles y los poderes, así como algunas dependencias, contaban con un área a cuyo titular se le asignaba el nombramiento de ‘Jefe de prensa’, posición que con el paso del tiempo –como en todo, hay una transformación- se le redefinió ahora como la ‘Dirección de Comunicación Social’.

    Esa, se supone que es un área neurálgica, porque es la que vincula al gobierno, a la dependencia, a la universidad o empresa, con la sociedad a la que se supone que sirven, a través de los medios de comunicación tradicionales.

    En tiempos pretéritos quienes las ocupaban posiblemente prevenían de algún medio de comunicación -periódicos principalmente-, pero no era requisito indispensable que tuvieran cierta profesión con título que los avalara ni nada por el estilo; simplemente que tuviera la habilidad de poder conectar y mantener una buena relación con los medios y por tal, con los ciudadanos.

    Como parte de la transformación en todas las actividades, de un tiempo a la fecha las ahora llamadas direcciones de Comunicación Social, o Comunicación Institucional si es en la iniciativa privada, son ocupadas principalmente por universitarios egresados de las carreras de comunicación, muchos de los cuales desarrollan estrategias que lo ponen a uno a dudar si son para favorecer a su jefe o para minarle su andar y hacerle fracasar.

    Desde siempre, de manera personal me ha parecido que el hecho que marcó al gobierno de Enrique Peña Nieto, la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, tuvo una pésima estrategia en el manejo de la información por parte principalmente de su equipo de comunicación e imagen, que nunca consiguió conectar al Presidente con la sociedad, jamás lograron hacer llegar el mensaje del primer mandatario a la gente.

    Hasta antes de esos hechos, al llegar a su Segundo Informe de Gobierno, Peña Nieto gozaba quizá de los mejores niveles de aceptación entre los mexicanos, y un gran reconocimiento en el ámbito internacional. La revista Times incluso le dedicó un amplio reportaje además de la portada en la que aparecía el mandatario mexicano bajo la leyenda de ‘Saving Mexico’, y en sus interiores los autores del trabajo sugerían que algunos políticos en los Estados Unidos, tenían mucho que aprenderle a este hombre que se proyectaba como un gobernante transformador y modernistas, tras el impulso de sus famosas reformas estructurales.

    Pero llegó aquella ‘noche negra’ de Iguala el 26 de septiembre de hace cuatro años y todo se empezó a desmoronar, y fue cuando se empezó a exhibir la incompetencia del abultado y oneroso equipo de comunicación e imagen que lo metió en un baile que no le correspondía, lo convirtieron en el imán del coraje, frustración e impotencia de los padres y familiares desaparecidos, y lo metieron en un tobogán interminable del que no acaba de salir, y que al momento de su Sexto Informe lo mantenía con alrededor de un 18 por ciento de aceptación entre los mexicanos, mientras que cerca del 82 por ciento rechazaba su gobierno.

    La imagen con la que Enrique Peña Nieto se marchará, es la peor y el más bajo nivel de aceptación que haya tenido presidente mexicano alguno, desde que se emplean instrumentos y herramientas para medir la popularidad de los políticos, lo que no concuerda con los más de 40 mil millones de pesos que se gastaron en publicidad durante su mandato; solo en su Coordinación de Opinión Pública que aplicaba las encuestas para medir su popularidad, se gastó 30 millones de pesos al año, además de los 76 millones que se gastaron para pagar la nómina sexenal. Un fracaso total, rotundo, absoluto.

    A nivel doméstico algunos de estos modernos genios de la comunicación que llegan y se sientan –y se sienten-, con un gran poder porque le susurran al oído lo que su jefe quiere escuchar, ya no salen de su oficina, ya no quieren recibir a nadie, ni responden llamadas ni mensajes, y que le generan un ánimo adverso a su jefe, al que le tienden un cerco para que nadie llegue y le platique ‘cosas feas’ que son de gente negativa.

    Con esas ‘nuevas estrategias’, los gobiernos, dependencias y empresas cada vez tienen que incrementar más sus gastos en su área de (in) comunicación, y los resultados suelen ser en la mayoría de los casos bajo esas condiciones de trabajo, en el sentido opuesto de los montos invertidos.

    laotraplana@gmail.com

    @JulianParraIba

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