“Cocina y literatura” 2/2

    Por Jesús R. Cedillo

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    Le recuerdo la ficha del libro que estamos reseñando en este par de textos apretados: “Cocina y literatura”, compilación de Ana Franco Ortuño para editorial LOM en su colección heterodoxos. Editorial chilena. El volumen se deja examinar con gusto y voracidad. Son convocados varios escritores de diferentes nacionalidades. Aquí se ensaya de manera literaria sobre la gastronomía y también se ensaya gastronómicamente sobre literatura. Figuran: Henri Deluy, Jorge Fondebrider, Ana Franco Ortuño (la cual es la compiladora del volumen), Tununa Mercado, Gaspar Orozco, Verónica Zondek… nueve autores comparten su pasión por la mesa y los libros.

    ¿Influye nuestra comida y bebida en lo que somos, en cómo nos formamos, en lo que pensamos? Definitivamente sí. Dijo Brillant-Savarin, considerado el primer gastrónomo de la historia de la humanidad: “La vida entera está gobernada por la gastronomía…” Lo anterior, usted lo sabe, en su portentoso libro, considerado “La biblia de la gastronomía”, “Fisiología del gusto.” Brillat-Savarin fue abogado y político francés, pero sobre todo, gastrónomo, el cual sentó las bases de lo que ahora disfrutamos: los alimentos, cocciones y preparación convertidos en arte culinario, una auténtica ciencia que incluye hoy física, química, medicina, anatomía, alquimia…

    Entonces, claro que nuestros alimentos diarios influyen notablemente y siempre, en lo que somos. Más de una ocasión, William Faulkner espetó que “no podía escribir estando sobrio.” Caray, se respeta entonces su rutina de trabajo: se recetaba cotidianamente una botella de whisky, de preferencia, “Jack Daniels.” Ya luego, imagino para variar un poco, bebería un coctel llamado “Mint julep.” El padre de la poesía norteamericana, Walt Whitman, cuentan sus biógrafos, no varió casi en todo su vida su manera de despertar: café, harto café y donas. Al autor al cual no he leído, soy franco y sincero, Kurt Vonnegut, autor de dos célebres obras en su momento, “Matadero cinco” y “El desayuno de los campeones”, tomaba todos los días a las 5.30 de la tarde un vaso de whisky (del más barato, de preferencia) con agua. ¿Por qué lo hacía? Porque le ayudaba a “liberar la mente.”

    Una de mis escritoras favoritas (para desgracia de todos, se suicidó una mañana gris y fría en Londres, luego de dejar en la cama de sus dos hijos, su desayuno frugal, frugalidad de la cual habla entre los romanos la escritora Amalia Lejavitzer en este libro aquí reseñado), Sylvia Plath, era buena cocinera y le gustaba mucho también la repostería. Su receta más aclamada era un pastel de sopa de tomate. En fin, la relación es eterna y atávica. En “Cocina y literatura”, cada  autor nos desenreda un hilo conductor por el cual caminamos. La citada Amalia Lejavitzer nos pasea de la mano por la cocina de excesos y a la vez frugal, de la Roma antigua. Josu Landa nos habla de la comida y su relación con ciertos filósofos: diatribas, alimentación y mesa. Desde la Argentina, Jorge Fondebrider alerta en su crónica sobre los desaciertos, desfiguros y falsas poses de esos nuevos rock star llamados chef, los cuales son hoy semidioses junto con sus camareros, elevados a categorías divinas. Como corolario, escribe Fondebrider: “Lo que resulta… imperdonable es que los platos estén decorados con idéntico firulete de salsa, crema o caramelo… que en un intento confuso y malhadado pretende equiparar los rudimentos de una cocina cualquiera a las artes plásticas.”

    Coda

    ¿Arte efímero o simple cocina y alimentos. Sólo eso. Símbolo de civilización o triste realidad? Andy Warhol y su lata de sopa Campbell’s reta acusador. Regresaré con una coda a este tema y al libro. Buen libro. Enjuto de páginas, pero buen libro.

     

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