Soberbia intemperante

    Por Gerardo Hernández González

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    México pasó de una sucesión de presidentes sordociegos («ni los veo ni los oigo», replicaba a sus críticos Carlos Salinas) a uno que quiere consultarlo todo con el pueblo, según su conveniencia, para hacer creer que quien manda es el ciudadano de a pie, no quien despacha en Palacio Nacional ni las elites del poder.
    Bajo ese barniz de democracia participativa se han cancelado obras en proceso (el Nuevo Aeropuerto Internacional de México), e impuesto proyectos caprichosos (el Tren Maya, la refinería de Dos Bocas y la termoeléctrica de Huexca). En el extremo, también se busca decidir a mano alzada la relación con el vociferante Donald Trump.
    La legitimidad se obtiene en las urnas, pero en el ejercicio del poder se refrenda o se diluye. Peña Nieto ganó con el 38.2% de los votos y en la siguiente elección presidencial su partido apenas recibió el 16.4% de los sufragios. La ciudadanía castigó de manera indubitable la impericia y corrupción de un gobierno cuyas reformas fueron elogiadas por los mercados y la prensa extranjera.
    Sin embargo, los beneficios prometidos no llegaron a la mayoría de los mexicanos, excepto en
    el caso de las telecomunicaciones. La arrogancia, los escándalos políticos y la violencia tiraron por la borda el «momento mexicano».
    Los 30 millones de votos por López Obrador (53% del total) tuvieron dos desencadenantes principales: el enfado nacional con una clase gobernante cínica y rapaz, representada por el PRI, el PAN y el PRD, y la esperanza de cambio de los sectores históricamente ignorados. Desde Miguel de la Madrid hasta Peña Nieto se gobernó para quienes concentran la riqueza. El candidato de Morena se presentó tal cual es, en las plazas, en los debates presidenciales y ante los medios de comunicación: un hombre simple, sin rebuscamiento. Pero también sin dotes
    de estadista. Quienes votaron por López Obrador, no lo hicieron a ciegas. Al presentarlo como
    « un peligro para México » por haber bloqueado pozos petroleros, instigado huelgas de pagos contra la CFE y cerrado el Paseo de la Reforma, el sistema lo victimizó y con él se identificaron legiones de agraviados de todos los estratos.
    La aureola por haber afrontado al gobierno y a los partidos, le permitió ganar en 31 de los 32 estados. José Antonio Meade (PRI), Ricardo Anaya (PAN) y el candidato independiente Jaime Rodríguez captaron en conjunto 24.7 millones de votos, 3.4 millones por debajo del número uno.
    Repetir las fórmulas de siempre para tratar de debilitar a AMLO, arrojará los mismos resultados. El activismo en las redes sociales y la crítica en los medios de comunicación en algo pueden contribuir, pero las primeras son tan manipulables y en algunos casos los segundos responden a sus propios intereses, que difícilmente lograrán reducir la base electoral del presidente y su partido; al menos en el corto plazo. AMLO es un provocador nato y al caer todo el mundo en
    su juego, quien gana es él.
    Es preciso cambiar el enfoque y plantar cara con inteligencia —no con las vísceras — a un líder que ha afrontado mil tormentas. Existe una sentencia de Abraham Lincoln aplicable al caso: «Casi todos podemos soportar la adversidad, pero si queréis poner a prueba de verdad el carácter de un hombre, dadle poder». La némesis de AMLO es el exceso de poder. Su enemigo no es quien piensa distinto y advierte sobre los riesgos de una presidencia autócrata, sino su soberbia intemperante.
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