Sucesión en el PRI

    Por Gerardo Hernández González

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    José Narro Robles se retiró de la academia para dedicarse a la política (competirá por la presidencia nacional del PRI) y Salvador Hernández Vélez, sin dejar la política, es rector de la Universidad Autónoma de Coahuila después de haber dirigido el comité estatal del Revolucionario Institucional (Rubén Moreira lo impuso, y el mismo déspota lo depuso).
    Si Narro (70 años) logra su objetivo sería el cuarto coahuilense en dirigir ese partido. A los 39
    años, Manuel Pérez Treviño no solo fue el primer líder del PNR (antecedente remoto del PRI), sino también su fundador, junto con Calles, en 1929, y volvió a serlo en el periodo 1931-1933. Dos años después, Lázaro Cárdenas, contra quien compitió por la candidatura presidencia, lo nombró embajador en España.
    Humberto Roque Villanueva sustituyó a Santiago Oñate. Duró menos de un año, pues el presidente Zedillo lo nombró jefe de la Cámara de Diputados, en 1997, tras el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu. Otro Humberto (Moreira Valdés) fue impuesto por Peña Nieto para cubrir el ejercicio estatutario de cuatro años, pero el escándalo de la megadeuda lo acortó a nueve meses. Pérez, Roque y Moreira aspiraron a la silla del águila, pero el
    único en dar la talla, por su trayectoria y servicios al país, era el primero. Narro Robles (dos veces rector de la UNAM y secretario de Salud hasta noviembre de 2018) formó parte de la baraja de Peña Nieto para la sucesión del año pasado, pero su mismo jefe lo descartó. En una gira por Veracruz, el presidente dijo que en «solo en uno» de los aspirantes veía la honradez,
    experiencia, honorabilidad, confianza y garantía que llevará a México por un rumbo de estabilidad y orden» ( El Universal , 13.03.18).
    Se refería, por supuesto a José Antonio Meade, su candidato. El beso de Judas. De ganar la presidencia del PRI, Narro recibiría un partido desahuciado. La derrota de 2018 —consecuencia de la infame gestión de Peña Nieto y de la arrogancia y corrupción exacerbada de su gobierno— resultó apabullante. El repudio hacia el peñismo y su grupo (Alí Babá y su pandilla) lo refleja un dato: doce años atrás, cuando la lista nominal registraba casi 20 millones de
    electores menos que la actual, el marrullero Roberto Madrazo superó en votos Meade, quien, en campaña, vino a decirnos que Humberto y Rubén Moreira habían sido los mejores gobernadores de Coahuila.
    El candidato de la coalición Todos por México no tocó ni de refilón los temas de la deuda por casi 40 mil millones de pesos, las empresas fantasma, las masacres en Allende y Piedras Negras, las desapariciones forzadas y el nepotismo. Meade no necesitaba ser traicionado por Peña; él mismo se echó la soga al cuello.
    Mientras los delitos del moreirato permanezcan impunes, el PRI será castigado en las urnas como lo fue los últimos procesos. En 2017 estuvo a punto de perder la gubernatura —el cargo lo retuvo por un fallo del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación bastante cuestionado—. ¿Qué ofrece Narro al priismo y a la sociedad? La elección del futuro presidente del PRI la decidirá su militancia. El método lo impone la circunstancia, no la convicción democrática. Narro, experto en intrigas, nada esta vez en un mar infestado de tiburones. Con el hándicap de haber pertenecido al gobierno de Peña, su única opción es llamar a las cosas por su nombre y a los corruptos (del país y de Coahuila) por el suyo. De lo contrario,
    él y su partido quedarán sepultados definitivamente.
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