México: vacío de poder

    Por Gerardo Hernández González

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    Las transiciones presidenciales en México son demasiado prolongadas y algunas,
    como la actual, han puesto en riesgo la estabilidad del país. El abandono de las
    responsabilidades y el vacío dejado por Enrique Peña Nieto incluso antes de las
    elecciones de julio, en las cuales su partido (PRI) quedó reducido a escombros, lo
    cubre mediáticamente Andrés Manuel López Obrador, pues aún no tiene
    facultades para tomar decisiones de Estado, y lo aprovechan los grupos de interés
    y la delincuencia organizada.
    En ese interregno surgió el conflicto en la UNAM y la violencia se recrudeció.
    Cuando el relevo era entre priistas, el sucesor administraba sus presentaciones
    públicas para no eclipsar a quien le había heredado la presidencia. El soberano
    disponía hasta de cinco meses —entre la elección y la toma de posesión— para
    asimilar el impacto por la pérdida del poder, recibir honores —tan fingidos como
    inútiles y efímeros—, borrar huellas y entregar la casa en orden simulado, con la
    seguridad de no ser perseguido.
    Vicente Fox, el presidente de la primera alternancia, respetó la tradición.
    Tampoco tenía argumentos para disputarle espacios y reconocimiento a Ernesto
    Zedillo, quien, en su primer contacto el 3 de julio de 1994, le hizo una sola
    recomendación: “No moverle a la economía” —dicho por el panista—. Además
    de promover las reformas que posibilitaron el cambio pacífico de partido en el
    gobierno, Zedillo finalizó el ciclo de las crisis financieras y devaluatorias que
    caracterizaban los finales de sexenio, desde Luis Echeverría (1970-1976) hasta
    Carlos Salinas de Gortari (1988-1994).
    En el gobierno zedillista no hubo grandes casos de corrupción, y menos que lo
    involucraran a él o a su familia; la administración de Peña Nieto, en cambio,
    estuvo plagada de escándalos. Zedillo ha sido el primer presidente que, sin
    aspavientos, atacó la corrupción y los abusos del círculo más cercano de su
    predecesor. Raúl Salinas de Gortari pasó 10 años en prisión por delitos de
    enriquecimiento ilícito (Suiza le congeló cuentas por 160 millones de dólares),
    lavado de dinero y el asesinato de su excuñado José Francisco Ruiz Massieu
    (padre de Claudia Ruiz Massieu, presidente del PRI) de los cuales fue absuelto.
    En una declaración semejante al “perdón y olvido” del presidente electo Andrés
    Manuel López Obrador, Fox abandonó entonces el discurso anticorrupción y alzó
    la bandera blanca: “No vamos a mirar mucho al pasado porque nos interesa más
    el futuro (tampoco) queremos ir por la vía del borrón y cuenta nueva (ni) caer en
    una cacería de brujas”. (El País , 04-07-2000). La claudicación temprana de Fox
    para atacar el flagelo constituyó una de las principales traiciones del “gobierno
    ​del cambio” que todavía hoy más se le reprochan.
    Fox liberó a Raúl Salinas en el penúltimo año de su administración y el
    Pemexgate, el caso más sonado de corrupción investigado en su sexenio, expiró
    en 2011. Ninguno de los responsables purgó prisión por desviar mil 500 millones
    de pesos a la campaña presidencial de Francisco Labastida. El PRI pagó una multa
    por mil millones de pesos, y asunto arreglado. Pemex, una de las cajas chicas del
    gobierno y su partido, terminó por quebrar en el gobierno de Peña Nieto. El líder
    petrolero Carlos Romero Deschamps, uno de acusados del peculado electoral,
    aparece entre “los 10 mexicanos más corruptos de 2013” de la revista
    Forbes
    .
    Rogelio Montemayor, a la sazón director de Pemex, fue absuelto y ahora preside
    el Clúster de Energía de Coahuila, cuyo principal negocio será el gas en la Cuenca
    de Burgos mediante la técnica de fracturación hidráulica (fracking), si AMLO lo
    permite.
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