Aretha Franklin (2018†)

    Por Jesús R. Cedillo

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    Hubo un tiempo en que los cantantes de rock, de jazz y de soul eran ejemplos a seguir por hordas de jóvenes que vivían, bebían y morían en el intento. Eran tiempos de valor, en que se ponía a prueba una máxima que circulaba en el ambiente: “Muere joven, ten un cadáver hermoso, sé inmortal.” Jim Morrison, Jimi Hendrix, Kurt Cobain, Jannis Joplin y claro Amy Wynehouse, suelen ser los testigos privilegiados desde el infierno (¿Allí habitan hoy?) desde su prematura muerte. Eran tiempos de hacer el amor, beber todo el licor posible, fumar marihuana, hacer la paz y dejar la guerra para otro tiempo. La última en unirse a este Club de los 27, este Club de cantantes retorcidos, de vidas al límite  y de extrañas muertes, fue mi heroína del jazz y soul Amy Wynehouse, quien con solo dos discos (Frank, 2003 y Back to Black, 2007), se comió al mundo entero.

    En su momento, se señaló por parte de los especialistas, mucho de su estilo y voz recordaba a la cantante norteamericana de jazz, Sarah Vaughan, a quien se le apodó “La Divina.” Amy lo aceptaba con orgullo y contaba que creció escuchando a la gringa que, como ella, cantaba con un puñal clavado entre la garganta y su corazón. En aquellos años de los cincuenta y sesenta del siglo pasado, dominaban la escena de la música vocal de jazz, dos señoras de respeto. Bueno, tres: Dinah Washington, la divina Sarah Vaughan y una cantante que me da miedo aún (turbación vaya, entendido y seguido de un gran respeto), y es atávica por todo lo que ella representa, musical y socialmente: Nina Simone. Ellas dominaban la escena hasta que llegó desde Detroit, Aretha Franklin (1942-2018). Ella y nadie más fue la artífice de eso llamado “soul.”  Fue la “Reina del soul” y en sus funerales no hubo dolor o duelo, sino música, fiesta, jolgorio y arte.

    Tengo varios de la vasta discografía de esta cantante que junto con las arriba nombradas, le dieron lustre y esplendor a la música afroamericana en su largo, penoso y difícil camino en la cruzada por la libertad. Los funerales de la reina congregaron a todo mundo con una pizca de cerebro e inteligencia. De Paul McCartney a Elton John, de William Clinton a Barack Obama, Barbara Streisand, Hillary Clinton, todos se volcaron en elogios a una Reina la cual era precisamente, una voz del alma. Con su siempre florido lenguaje, Barack Obama escribió y dijo de la diva del soul: “en su voz, podíamos sentir nuestra historia, toda ella y en cada sombra: nuestro poder y nuestro dolor, nuestra oscuridad y nuestra luz, nuestra búsqueda de la redención y nuestro respeto, duramente ganado.” Sin duda alguna, prueba es aquella canción la cual se convirtió en un himno feminista: “Respect.”

    Escúchela señor lector. Araña la piel y el esqueleto. Su discografía es vasta, como lo fueron sus años. Ha muerto de 76 años. Estaba enferma de cáncer. De ello murió. ¿Vivir 76 años es mucho o es poco? Vaya usted a saberlo señor lector, pero a esta edad, los yerros y los aciertos se cargan en la espalda y no pocas veces en el alma. Hay una biografía jamás autorizada por la Reina, la cual cuenta de su vida atormentada desde su infancia (su madre dejó a su padre, el famoso reverendo C.L. Franklin y a ella, debido a las infidelidades del pastor). Vida al límite, a los 12 años, Aretha Franklin tuvo a su primer niño. A los 15, tuvo a su segundo bebé, de otro padre. A los 19 ya estaba casada. Para divorciarse sólo ocho años después. Luego, se volvería a casar. Como a todo mundo, a doña Aretha le gustaba harto el trago y la tristeza jugueteaba con ella todo el tiempo, su productor, Jerry Wexler dijo que sus depresiones podían llegar a ser “tan profundas como un mar oscuro.”

    En su momento y en una entrevista para un diario español, a pregunta viva de de “¿Cuál es su mayor miedo?”, la cantante Amy Wynehouse dijo: “morir de vieja…” Se quedó en los 27. Aretha llegó viva y bella, aunque ya suspendía casi todos los anuncios de sus posibles conciertos, a los 76 años sobre la tierra.

    A pregunta de, “¿Cuál es su costumbre menos agradable?”, la diva inglesa dijo: “Ser una borracha insultante.” Caramba, es una virtud que nos defiende de la vida ingrata y lastimera que es este tránsito en al tierra. Arteha Franklin fue señalada casi todo el tiempo de buena bebedora (y otros hechos turbios de vida, recogidos sin su autorización en la biografía “Respect: the life of Aretha Franklin”), aunque se reservaba con su vida privada muy celosamente.

    En un mundo plagado de mentiras, máscaras y supuestos actos de bondad para evitar el calentamiento global, el no fumar porque la nicotina es mala para la salud o no lastimar a los perritos de la llanura, cantantes, artistas, seres humanos como Dinah Washington, la divina Sarah Vaughan, Nina Simone, Rosa Parks fueron y son una bocanada de aire puro, honestidad y apuesta genuina de vida en un mundo descafeinado, deslactosado, sin gluten, sin sustancia, sin vida misma. La diva Aretha Franklin se fue como vivió: vestida de gala. En sus funerales que duraron días en Detroit, fue ataviada con diferentes juegos de vestido, joyas y tacones. Hay gente que se viste para morir. La Franklin se vestía para vivir y ahora, llegó bella y sonriente a su funeral. También la vistieron para morir.

    Se va no una cantante y ser humano ejemplar, con Aretha Franklin se va una parte de la historia de América.

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